Ana Patricia Ojeda Villanueva
Los tacones por ejemplo, originalmente diseñados para generar estabilidad al montar a caballo, eran valiosos artilugios de combate surgidos en la Persia del siglo XVI, y se convirtieron en el epítome del estatus y el poder en las cortes europeas siendo usados prácticamente de manera exclusiva por hombres.
Cabe acá mencionar que el Rey Sol, Luis XIV, a quien bien podríamos llamar de Rey Tacón, fue quien popularizó significativamente los zapatos altos, haciendo distintivo el uso de las suelas de color rojo (hoy bastante cotizadas y deseadas), por tratarse este de un color de uso exclusivo para la nobleza.
Luis XIV vio en los tacones una manera de elevar su 1.63 a nuevas alturas, y en las pelucas, de las cuales se ha documentado que tuvo más de mil, una manera de ocultar su calvicie y a la vez, sumar a aquello de su conquista de la “stature”, simbólica y literalmente.
Las pelucas, y los cabellos largos y abundantes, han sido también un símbolo de poder masculino, no sólo en Francia; desde los pueblos originarios americanos pasando por Escandinavia y hasta Japón, hay incluso odas a la cabellera masculina de guerreros y hombres relevantes.
Otra pieza que se usó como un ejercicio de poder, política y economía, fue el traje de tres piezas (Chaqueta, chaleco y pantalón) que hoy la industria de la moda femenina difunde como “traje de poder”; en 1666 el Rey Carlos II de Inglaterra, decidido a frenar la influencia de la moda francesa e impulsar la industria de la lana británica, consiguiendo todo esto de una vez al imponer esta nueva vestimenta a su corte, have un movimiento que Cruz’s maneras y estéticas de género anteponiendo el objetivo económico.
Por último, pero no menos importante, habremos de considerar el Maquillaje, el cual desde la perspectiva de distintos historiadores surgió como elemento ritual y de guerra, ambos ejercidos primordialmente por hombres. Si nos vamos a Egipto, en donde las evidencias del uso del maquillaje se han encontrado hasta en tumbas faraónicas, se ha teorizado que la función original era la protección de ojos y piel ante las inclemencias del sol ardiente.
Aprovechando la llegada del 8 de marzo, considero una invitación interesante revisar también los elementos y símbolos que utilizamos para nombrar algo, para denotar y señalar, sólo como un ejercicio que nos lleve más allá de lo que hemos decidido que es una cosa, cuando en origen quizás fue algo muy distinto.

